Por Vivien Ormeño.
Soy estudiante de periodismo de la Universidad de Santiago, elegí esta profesión porque entendí que la comunicación de masas es aquello que nos lleva a entender el mundo. Del mismo modo comprendí que ese entendimiento de mundo, que también es denominado “realidad”, es una construcción social sustentada sobre la base de la mirada que cada individuo puede hacer de la misma. Por lo que la objetividad y la verdad son falacias.
Es por esto que considero la crítica realizada por Iván Weissman en su columna “Paulsen y Guillier perdieron el derecho a ser periodistas” (http://www.elmostrador.cl/opinion/2011/10/13/paulsen-y-guillier-perdieron-el-derecho-a-ser-periodistas/) producto del sector al cual representa, y que deja muy claro en el enrostramiento de su currículo al terminar dicha columna. Él es un vivo ejemplo de quienes pretenden instalar la idea de que el periodismo es objetivo e imparcial, y que esa imparcialidad es representada por ellos y que, por consiguiente, su visión corresponde a la verdad única e irrefutable.
El rol del periodista no ser objetivo e imparcial, porque eso es imposible. El periodista, al igual que el resto de los seres humanos se sitúa desde un “lugar” para realizar la interpretación de los acontecimientos, y ese lugar desde el que se sitúa, no sólo está determinado por el momento temporal y espacial en el que se encuentra el profesional de la comunicación, sino que está determinado, del mismo modo, por su historia de vida.
¿Entonces qué diferencia a un periodista del resto de las personas? La respuesta para mí es evidente, quien ejerce esta profesión debe ser, por sobre todo, un gran conocedor de los procesos sociales en su complejidad, debe ser capaz de integrar la información que recibe de la gran variedad focos existentes y entender su relación y consecuencias. Es decir, debe construir, a partir de distintas variables aparentemente independientes, una “realidad integrada”, una visión de verdad, pero que siempre estará enmarcada bajo su mirada.
Reconocer la falacia de la objetividad periodística implicaría, para los grandes consorcios informativos, aceptar que aquello que presentan como realidad irrebatible no es más que su visión, y que por tanto puede ser puesta en duda. En una sociedad como la nuestra, donde los medios más importantes por tradición y poder económico, se encuentran en manos de un sector ideológico claro y reconocible como “la derecha”, la posibilidad de aceptar que el periodismo es mucho más que un simple relato de los acontecimientos implicaría reconocer que su capacidad monopolizada de generar agenda y guiar la opinión pública ha sido un medio de perpetuar y profundizar el modelo sistémico capitalista de libre mercado como la única forma de organización posible.
El rol del periodista ha sido olvidado desde que se aceptó mentir. Porque ese rol consiste en construir realidad. Quienes han construido su carrera profesional sobre los pilares de la falacia de la objetividad han mentido descaradamente con el fin de presentar su visión editorial como verdad, y son ellos los que perdieron el derecho a ser periodistas.
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